Y es que antes, mucho antes de hoy, te diría:
Adoro tu pelo cuando lo mojas, adoro como caminas y la forma en la que me tocas, adoro como me miras y las ganas de nosotras, adoro que seamos imposible si eso nos mantiene unidas, adoro como sonríes, adoro incluso hasta tus lágrimas, adoro como paseas a mi lado y como me pides cosquillas, adoro ir de la mano sin que nadie lo sepa y las noches en la playa, adoro como me prohibes fumar y que te tumbes en mi hombro cuando vamos en el coche, adoro todas las partes infinitas de tu corazón y todas las respiraciones entrecortadas que me causas, adoro las montañas rusas de mi estómago y también como consigues calmarla.
Pero la verdad, es que ahora, ahora no podría decirte eso, e incluso ni podría mirarte a los ojos, y que mal eh, que no pueda ver un mundo tras ellos. Siempre dije que no me hiciste caso, que quizá deberíamos habernos perdido en una nube y no volver, pero siempre decidiste no cometer locuras a mi lado, conmigo era todo diferente, no querías lanzarte al vacío, ni querías andar por encimas de las aguas, conmigo preferías el margen de tu vida, algo que tenías que tener ahí, pero que nunca utilizarías para el futuro. Y me encantó, me encantó vivir al margen, porque algo me decía que si estaba ahí era porque tú querías que estuviese por algún motivo que jamás voy a saber. Pero me hacía pensar que quizá, no podías vivir sin mí ahí, que era el complemento que le faltaba a tu vida, que sin mí no tenías la fuerza de lanzarte a la aventura con nadie, pero ahí estaba yo dándote mi amor y deseando que hicieras todo lo que querías, y por eso sé que te amaba, porque siempre me quede ahí, sin molestarte, dejándote un espacio que realmente deberías vivir conmigo, no fui egoísta, ni tuve amor propio, porque todo, todo te lo di a ti, para que tu felicidad fuera la mía.
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